Por un momento Aldo se imaginó a sí mismo ante un pelotón de fusilamiento, pero la visión se desvaneció en un segundo. Sus verdugos, sin embargo, tendrían que recordar la ejecución toda una vida. Recordó la valentía de uno de los coroneles de Batista, que hasta el último momento había desafiado a los rebeldes. Independientemente de la maldad implícita en los actos que pudiera haber cometido, les había dado una lección a esos animales. Ante el paredón se paró frente a ellos cuando le permitieron hablar por última vez frente a la cámara. Los miró de frente y les dijo “Bueno, muchachos, los dejo con la revolución. Cuídenla.” Entonces los disparos le destrozaron el cuerpo y el sombrero voló en el aire impulsado por la explosión del cerebro. Irónicamente, grabar su ejecución para denigrarlo, sirvió para inmortalizarlo. Sus palabras finales fueron proféticas.